viernes, 16 de enero de 2015
¿El sistema escolar no origina conflictos entre generaciones, en la medida en que puede acercar en las mismas posiciones sociales a personas que se formaron durante dos etapas diferentes del sistema escolar?
Podemos partir de un caso concreto: actualmente, en muchas de las posiciones medias de la burocracia pública donde se puede avanzar aprendiendo en el propio trabajo, se encuentran juntos, en la misma oficina, jóvenes bachilleres o incluso licenciados recién salidos del sistema escolar, y personas de cincuenta o sesenta años que empezaron treinta años antes con el certificado de primaria en una época del sistema escolar en que este certificado era aún poco frecuente, y que por aprendizaje autodidacta y antigüedad alcanzaron posiciones directivas a las que ahora sólo tienen acceso los bachilleres. En este caso, los que se oponen no son los jóvenes y los viejos, sino prácticamente dos etapas del sistema escolar, dos etapas de la escasez diferencial de los títulos, y esta oposición objetiva se refleja en luchas de clasificación: como no pueden decir que son jefes porque son ancianos, los viejos invocarán la experiencia que se asocia con la antigüedad, mientras que los jóvenes invocarán la capacidad que garantizan los títulos. La aparente identidad de estatus oculta el hecho de que unos tienen porvenir, como se dice, y que sólo están de paso en una posición que es punto de llegada para los otros. En este caso, los conflictos suelen tomar otras formas, porque lo más seguro es que los jóvenes viejos hayan interiorizado el respeto por el título académico como registro de una diferencia de naturaleza. Así, en muchos casos, ciertos conflictos que se perciben como conflictos de generación se darán, en realidad, a través de las personas o grupos de edad constituidos en torno a relaciones diferentes con el sistema escolar. En la relación común con un estado particular del sistema escolar, y dentro de sus intereses específicos, distintos de los de la generación definida por su relación con otro estado muy diferente del sistema escolar, es donde (hoy en día) hay que buscar uno de los principios unificadores de una generación: lo que tiene en común la mayoría de los jóvenes, o al menos todos los que han sacado algún provecho, por poco que sea, del sistema escolar, que han obtenido una preparación mínima, es el hecho de que, de manera global, esta generación está mejor preparada para el mismo empleo que la anterior (como paréntesis, podemos observar que las mujeres, por una especie de “proceso discriminatorio, sólo obtienen los puestos a través de una sobreselección, y se encuentran constantemente en esta situación, es decir, siempre están más preparadas que los hombres de puesto equivalente). Es cierto que, más allá de todas las diferencias de clase, los jóvenes tienen intereses colectivos de generación porque, independientemente del efecto de discriminación “antijóvenes”, por el simple hecho de haberse encontrado con estados diferentes del sistema escolar siempre obtendrán menos por sus títulos que lo que hubiera obtenido la generación anterior. Hay una descalificación estructural de la generación. Sin duda esto es importante para comprender esa especie de desilusión que sí es relativamente común a toda la generación. Incluso, parte de los conflictos actuales pueden explicarse de esa manera, por el hecho de que el plazo de sucesión se va alargando, que la edad a la cual se transmiten el patrimonio o los puestos es cada vez más avanzada y que los juniors tienen que tascar el freno. Son los momentos en que chocan las trayectorias de los más jóvenes con las de los más viejos, en que los “jóvenes” aspiran “demasiado pronto” a la sucesión. Estos conflictos se evitan mientras la sociedad consigue regular el ritmo del ascenso de los más jóvenes, regular las carreras y los planes de estudio, controlar la rapidez con que se hace la carrera, frenar a los que no saben hacerlo, a los ambiciosos que quieren “correr antes de saber andar”, que “se empujan” (en realidad, casi nunca tienen necesidad de frenar a nadie, porque los “jóvenes” —que pueden tener 50 años— han interiorizado los límites, las edades modales, es decir, la edad en la que podrán “aspirar razonablemente” a un puesto; ni siquiera tienen la idea de solicitarlo antes de tiempo, antes de que “les llegue la hora”). Cuando se pierde “el sentido del límite”, aparecen conflictos sobre los límites de edad, los límites entre las edades, donde está en juego la transmisión del poder y de los privilegios entre las generaciones.
Extracto de la entrevista del sociólogo Pierre Bourdieu con Anne-Marie Métailié que apareció en Juventud y el primer trabajo, París, Asociación de Todas las Gentes, 1978, p. 520-530. Reeditado en Cuestiones de Sociología , Editions de Minuit, 1984. Ed. 1992 pp.143-154.
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